(Primera de dos partes)
Pensando en Sophie Pincemin.
Pensando en Sophie Pincemin.
Recién hace algunos días, de viaje a la ciudad de México, en alguna de las librerías de viejo de la calle de Donceles (entre la estación Allende, la antigua Cámara de Diputados, la plaza de Santo Domingo y la Catedral Metropolitana) creí haberme encontrado una joya. Un texto sobre los lacandones de Georgette Soustelle, perdido entre las páginas de la revista Guatemala Indígena. Debía comprar, naturalmente, sólo el número en el que se encuentra, pero no. La librera, una joven esbelta de cabellos rubios, lentes apenas perceptibles y labios nacarados, me conminó a llevar los tres volúmenes, aunque el de nuestro interés era el número uno. ―No están disponibles por separado, amigo ―me dijo amable―. Ya sabe usted. Para no demeritar su valor.
Los tres tomos viejos, aunque impecablemente encuadernados en percalina café, contenían los cuatro primeros números de la revista guatemalteca, desaparecida desde hace tiempo. Apenas si los revisé pues costaban un ojo de la cara y, aunque no contenían materiales adicionales sobre Chiapas, finalmente los puse en el carrito. Hoy, con calma en El Aguaje, aprovechando el asueto de Semana Santa, me deleito en ellos: son, efectivamente una joya, aunque en especial el artículo de Georgette, compañera inseparable de Jacques Soustelle, ambos etnólogos franceses de mediados del siglo pasado, estudiosos de las culturas mesoamericanas. La referencia del texto es la siguiente:
Soustelle, Georgette (1961): “Observaciones sobre la religión de los lacandones del Sur de México” en Guatemala Indígena (Vol. 1, Núm. 1). pp. 31-105.
El texto está basado en las observaciones reunidas por ambos en su “expedición” del año 1934 a la Selva Lacandona. Se suma a los otros artículos difundidos por ellos sobre la comunidad (“Notas sobre los lacandones del lago Peljá y el río Jetjá”, “El totemismo de los lacandones”, “Las ideas religiosas de los lacandones”, “La cultura material de los indios lacandones”, “Notas sobre el ritual religioso de los lacandones” y “La religión de los indios lacandones, aztecas, mayas e incas”), todos publicados en diversas revistas francesas. Los cuatro primeros números de la revista son sustanciales, pues hay en ellos algún texto acerca de los orígenes de la Cofradía Indígena, y varios sobre los grupos étnicos de ascendencia maya, naturales de Guatemala y Belice.
Los tres tomos viejos, aunque impecablemente encuadernados en percalina café, contenían los cuatro primeros números de la revista guatemalteca, desaparecida desde hace tiempo. Apenas si los revisé pues costaban un ojo de la cara y, aunque no contenían materiales adicionales sobre Chiapas, finalmente los puse en el carrito. Hoy, con calma en El Aguaje, aprovechando el asueto de Semana Santa, me deleito en ellos: son, efectivamente una joya, aunque en especial el artículo de Georgette, compañera inseparable de Jacques Soustelle, ambos etnólogos franceses de mediados del siglo pasado, estudiosos de las culturas mesoamericanas. La referencia del texto es la siguiente:
Soustelle, Georgette (1961): “Observaciones sobre la religión de los lacandones del Sur de México” en Guatemala Indígena (Vol. 1, Núm. 1). pp. 31-105.
El texto está basado en las observaciones reunidas por ambos en su “expedición” del año 1934 a la Selva Lacandona. Se suma a los otros artículos difundidos por ellos sobre la comunidad (“Notas sobre los lacandones del lago Peljá y el río Jetjá”, “El totemismo de los lacandones”, “Las ideas religiosas de los lacandones”, “La cultura material de los indios lacandones”, “Notas sobre el ritual religioso de los lacandones” y “La religión de los indios lacandones, aztecas, mayas e incas”), todos publicados en diversas revistas francesas. Los cuatro primeros números de la revista son sustanciales, pues hay en ellos algún texto acerca de los orígenes de la Cofradía Indígena, y varios sobre los grupos étnicos de ascendencia maya, naturales de Guatemala y Belice.
Panteón de los lacandones
El artículo sobre Chiapas refiere el panteón de los lacandones; el conjunto de las divinidades que formaron parte de su religión, integrada por 29 entidades diferentes. Tras la lectura del texto se deduce que las más notorias ―quizá aquellas de mayor ascendencia sobre ellos―, fueron las siguientes: 1. K’okonkyum, el más viejo de las divinidades, quien habita debajo de la tierra, en el inframundo, e impide que ella se quiebre durante los estremecimientos sísmicos.
2. Usukunkyum, deidad vinculada al sol y habitante del inframundo, igual que el anterior. Cuando tiembla, sostiene con todas sus fuerzas los parales, que al igual que los de las casas lacandonas, sostienen la tierra. Atiende y ampara al sol al morir ―cuando desaparece de la faz de la tierra―, y lo lleva sobre sus espaldas mediante una tabla. A la media noche, el astro toma pozol y reposa por un momento. Luego vuelve a partir, conducido siempre por esta divinidad hasta el Oriente. Una deidad asociada a él es Yumbirikam, quien vigila al mundo, probablemente el mismo Ats’bilam “el que compone al sol”, yerno de Tsakampat.
3. K’in es el dios sol, “héroe de una aventura que lo ubica en oposición” a Kisín, el dios malo por antonomasia. Es blanco o moreno como la gente mestiza, y la luz intensa emana de su cabeza. Durante la noche es ayudado por Usukunkyum y pasa las noches en una caverna próxima al caribal o campamento de San Quintín, junto con las divinidades Kiyum, Biram y Okná. Acompañado por éstos, K’in transcurre o camina lentamente por el cielo; luego penetra a la tierra, hasta llegar a su cueva, “pasando sobre los árboles”.
4. Na u Okná es la luna, cuyo marido es el sol. Está asociada a las grutas consagradas al sol y se cuenta que pasa las noches con él, haciéndole compañía.
5. Kisín, como se ha apuntado, es la divinidad malévola. Es el responsable de terremotos y epidemias, y “vive en todas partes”. Es un dios malhechor y opuesto al sol, casado con la hermana de Usukunkyum (o Usukyum), aparentemente al servicio de éste. Cuentan los lacandones que, en San Quintín, fue responsable, hace tiempo, de una epidemia que diezmó a la población.
6. K’anakas o Muur, es la divinidad del bosque, o protector de la selva. Vive en los acantilados rocosos. En la parte de la selva que le pertenece, es cuestión prohibida abrir trochas, cortar lianas o romper ramajes. Creen los lacandones que estas dos últimas son las únicas deidades cuya “personalidad” es totalmente independiente del sol.
7. Atsakyum es la divinidad a la que imploran salud los lacandones, ante cualquier accidente o enfermedad. Junto a él, aunque en menor rango, se encuentran Akyum, T’sop y Sakapuk. 8. Metzabok, mismo nombre de la laguna homónima, es el dios de la lluvia. Se cuenta que vivía en Ocosingo, en donde tomó por mujer a “la hija del santo de los ladinos”. Luego huyó con ella hacia el bosque, razón por la que una vez al año va a Ocosingo, a visitar a su suegro. Finalmente otras divinidades destacadas son: K’ak’, divinidad del fuego, K’ayum, deidad de la música e Itsanokú tan sólo “importante”.
2. Usukunkyum, deidad vinculada al sol y habitante del inframundo, igual que el anterior. Cuando tiembla, sostiene con todas sus fuerzas los parales, que al igual que los de las casas lacandonas, sostienen la tierra. Atiende y ampara al sol al morir ―cuando desaparece de la faz de la tierra―, y lo lleva sobre sus espaldas mediante una tabla. A la media noche, el astro toma pozol y reposa por un momento. Luego vuelve a partir, conducido siempre por esta divinidad hasta el Oriente. Una deidad asociada a él es Yumbirikam, quien vigila al mundo, probablemente el mismo Ats’bilam “el que compone al sol”, yerno de Tsakampat.
3. K’in es el dios sol, “héroe de una aventura que lo ubica en oposición” a Kisín, el dios malo por antonomasia. Es blanco o moreno como la gente mestiza, y la luz intensa emana de su cabeza. Durante la noche es ayudado por Usukunkyum y pasa las noches en una caverna próxima al caribal o campamento de San Quintín, junto con las divinidades Kiyum, Biram y Okná. Acompañado por éstos, K’in transcurre o camina lentamente por el cielo; luego penetra a la tierra, hasta llegar a su cueva, “pasando sobre los árboles”.
4. Na u Okná es la luna, cuyo marido es el sol. Está asociada a las grutas consagradas al sol y se cuenta que pasa las noches con él, haciéndole compañía.
5. Kisín, como se ha apuntado, es la divinidad malévola. Es el responsable de terremotos y epidemias, y “vive en todas partes”. Es un dios malhechor y opuesto al sol, casado con la hermana de Usukunkyum (o Usukyum), aparentemente al servicio de éste. Cuentan los lacandones que, en San Quintín, fue responsable, hace tiempo, de una epidemia que diezmó a la población.
6. K’anakas o Muur, es la divinidad del bosque, o protector de la selva. Vive en los acantilados rocosos. En la parte de la selva que le pertenece, es cuestión prohibida abrir trochas, cortar lianas o romper ramajes. Creen los lacandones que estas dos últimas son las únicas deidades cuya “personalidad” es totalmente independiente del sol.
7. Atsakyum es la divinidad a la que imploran salud los lacandones, ante cualquier accidente o enfermedad. Junto a él, aunque en menor rango, se encuentran Akyum, T’sop y Sakapuk. 8. Metzabok, mismo nombre de la laguna homónima, es el dios de la lluvia. Se cuenta que vivía en Ocosingo, en donde tomó por mujer a “la hija del santo de los ladinos”. Luego huyó con ella hacia el bosque, razón por la que una vez al año va a Ocosingo, a visitar a su suegro. Finalmente otras divinidades destacadas son: K’ak’, divinidad del fuego, K’ayum, deidad de la música e Itsanokú tan sólo “importante”.
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